La Candela Restó | Los 6 Elementos crean la vajilla de La Candela
Metacandela visita el taller de Los 6 Elementos, la pareja de artesanos que crea la vajilla de La Candela Restó.
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El Arte de Alimentar

BLANCHE —Pues póngame en esa bombilla este farolillo de papel que compré en la tienda de un chino. ¿Le importa?
MITCH —Lo haré con muchísimo gusto.
BLANCHE —Es que no aguanto las bombillas desnudas… Bueno… ni las groserías… ni… los comportamientos ordinarios.
Tenesse Williams, “Un tranvía llamado deseo”, Escena III

 

Uno de los seis elementos básicos de la comunicación es el contexto, cuya definición oficial sería “conjunto de circunstancias que rodean una situación y sin las cuales no se puede comprender correctamente”.

Cuando por fin estamos ante un plato de La Candela —una pequeña obra de Arte by Samy y equipo— ya han entrado en escena varios elementos que puntúan un camino destinado a que lo recorras con el corazón y el estómago más que con la cabeza. El recibimiento, con una bocanada de trabajo de cocina llegando por la derecha y una disposición natural a fluir hacia el comedor, a la izquierda. En la sala, la iluminación tenue y delicadamente aplicada, los elementos decorativos estratégicamente dispuestos en las paredes, la música de fondo… todo se alía para puntuar el inicio de un viaje por el paladar y las emociones que construyeron los sentidos a través de la experiencia.

Pero en todo este contexto siempre hay un elemento clave. ¿Cómo se presenta el bocado? ¿De qué forma interactúa el comensal con la comida?

Una pequeña joya no debería presentarse envuelta en papel regalo.

 


“Si no puedes ver a Dios en todo lo que hay, no podrás verlo en nada”
Yogi Bahjan

Llegamos un sábado, temprano, a conocer el taller de Los 6 Elementos, que en realidad son dos: Ilann —voz arábica y del hebreo que en origen significaba ‘árbol’— y Rodi —combinación de voces germánicas: ‘hrod’, gloria, y ‘wulf’, lobo—.

Cuando uno vive más con el cuerpo que con la cabeza se nota en la expresión del rostro, en la mirada, en la forma de acogerte sin necesidad de soltar un reguero de palabras.

El espacio que habitan casi ha sido horadado con sus propias manos. Aquí y allá las potentes creaciones nos secuestran la atención: un baúl mandala azul y tallado a cuatro manos que te transporta desde Nueva Delhi a Varanasi, Jaipur y el Tíbet.

Azul es también la pequeña habitación destinada al vuelo de los pájaros. Recuerda al patio de Frida Kahlo en Ciudad de México y el techo acristalado deja pasar la luz mientras las pequeñas aves de colores vuelan y se posan siempre con la mirada puesta en lo alto.

Antes de subir al taller por las escaleras, los pies de cualquiera ya se han hundido en la tierra y en silencio se pueden percibir las raíces que nutren el trabajo artesano que brota de ella.

Madera, cerámica, resina, metal… todos elementos nobles y todos moldeados por la unión intercontinental de dos culturas. El rostro vivo de los ancestros se adivina en las algunas tallas de madera, una calavera habitada por un cactus, al final de la escalera, transmite la unión de lo inerte y lo vivo; un colorido lienzo y algunas herramientas —pinceles, cinceles, alicates— anuncian el espacio donde la alquimia neuronal cobra vida a través de la materia. Y unas alas talladas en madera, que recuerdan un poco a Tangata Manu o a algún otro ser mitológico, simbolizan de nuevo el vuelo, el viaje, la necesidad de aire para insuflar en lo que reposa energía creadora.

 


«Todo forma parte de un todo»
Frank Lloyd Wright

 

Ilann, que partió del sur de Francia a explorar la India nada más alcanzar la mayoría de edad, es concisa y Rodi habla con los ojos. Podría ser que estuvieran acostumbrados a expresar más con las manos y a decir menos con la boca. Talla y soldadura, artesanía y electrónica se combinan con la fotografía, la modelación de barro, arcilla y cerámica, el graffiti y la serigrafía para imprimir en la tierra virgen la huella del espíritu humano. Y el producto de la artesanía, horas de cocción y paciencia, termina transmitiendo un mensaje único o puntuando la escenografía de una obra de teatro.

Parece evidente que el paso lógico sea que las creaciones de esta pareja sirvan como medio de transporte de la nutrición de estómagos, paladares y experiencias; de la cocina salvaje de Samy. El fruto que brota de la madera o el barro es ofrecido sobre los mismos materiales —humanizados, convertidos en Arte gracias al Amor— para completar su ciclo vital y contribuir al nuestro; y todo concluirá el día en que nos convirtamos en polvo.

Los 6 elementos, o todos los que aportan Rodi e Ilann, toman forma de manos abiertas que ofrecen nuevas texturas, de fruta —aguacate— rellena de glándulas salivales, de secciones de olivo sobre los que viajan explosiones de química orgánica que impulsan nuestros motores. Se convierten en rodajas de geodas de ágata sobre las que levita la gamba blanca de Huelva, iluminada por el milagro.

Al final, el dicho es cierto: Dios los cría y ellos se juntan. Cómo no iban a encontrarse los cinco continentes y los cinco sentidos, los seis elementos y la intuición, las siete virtudes, notas y colores, para darle sentido a la nutrición y al alimento del cuerpo, a la experiencia gastronómica y a la creación.

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