La Candela Restó | En el mundo gastronómico cabemos (casi) todos
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En el mundo gastronómico cabemos (casi) todos

En el mundo gastronómico cabemos (casi) todos

«La belleza no está en la forma exterior, sino en el significado que expresa»
Daisetsu Teitaro Suzuki

 

En el mundo hay sitio para todos. Y en el mundo gastronómico, más. La gente necesita comer, necesita cenar, tiene encuentros con amigos, comidas de trabajo y celebraciones de una vez en la vida. Comemos por necesidad y por placer, y todos somos diferentes tipos de, disculpas por la licencia, “comedores” o comensales, según el momento vital, el año y hasta la hora del día.

Es natural que la oferta gastronómica se adecúe a la demanda del público. Y el público, no es que no sepa, no es que no tenga criterio —quizá sea la era en la que más acceso a la información existe—; es que a lo mejor va muy deprisa. ¿En qué? En todo. En su vida diaria, en el trabajo, por la calle. En general, en el mestizaje cultural, tomando decisiones.

Hace poco un estudio de marketing liderado por una marca del sector alimentación, “radiografió” a toda una generación bautizándola con un término pegadizo, ‘kitchen orphans’, en referencia a que sus miembros no han aprendido a cocinar en casa y no transmiten las recetas familiares.

Normal. Si no tenemos tiempo.

Eso sí, en cuanto a conocimientos de cocina global, esta generación va a la cabeza de todas las demás. Intercambio y mestizaje: todo tiene su cara a y su cara b, y la vitalidad híbrida es lo mejor que nos puede dejar la globalización.

Pero es verdad, lo ideal es pararse a pensar. A reflexionar, a asimilar, a digerir. Siempre lo defenderemos: sin conocer todas las opciones, no hay libertad de elección. Y para que haya conocimiento, además de información es necesario que haya reflexión. Lo ideal, repetimos, es tener un momento para valorar las opciones y elegir qué opinión queremos seguir.

¿Qué ocurre? Que el tiempo se ha convertido en un artículo de lujo. Así que tienes dos horas para llegar a casa, salir del modo trabajo, darte una ducha, arreglarte y estar en la puerta del restaurante.

¿En qué momento haces hueco para encontrar ese restaurante perfecto de fusión entre la cocina típica de la Isla de Pascua, Kazajistán y el norte de Costa de Marfil que, además de cuidar el producto y reducir su huella de carbono respeta los procesos naturales según la temporada, genera tal cantidad de buena onda en su cocina que sus platos te provocan una explosión emocional en el organismo con un solo golpe de boca y que, por si fuera poco, ofrece un servicio impecable con aparcacoches incluido?

En ninguno. Vas a Tripadvisor, a tu blog favorito o a tu perfil preferido de Instagram o directamente pones todo lo que buscas en Google y confías en tener suerte.

Y en eso siempre tenemos razón: es necesario tener suerte. Hace unos días un amigo de LCR nos descubría el trabajo de Jacques La Merde (@chefjacqueslamerde en Instagram), que lleva años haciendo salivar a los usuarios con composiciones creadas con ‘comida basura’: doritos, cheetos, gusanitos, bacon, mentos, gominolas… Como siempre, las apariencias vencen al contenido.

Aquí ocurre lo mismo que con el Tinder: tendremos que tener muy presente que no es oro todo lo que reluce.

Pero el marketing gastronómico va mucho más allá de la imagen. En tiempos donde la cultura del espectáculo se combina con un progreso tecnológico sin precedentes, no hay límites.

Y las personas somos seres de costumbres, de convertirlo todo en un rito. Y lo entendemos todo mejor si nos cuentan la historia que hay detrás. Y hay que ver las historias que nos cuentan, cada día más.

No nos referimos sólo a aquel restaurante, ‘destapado’ por Chicote, que presumía de hacer la mejor fabada del mundo con una lata de Litoral.

También hay súper empresarios —como súper estudiantes que se sacan Derecho en dos años mientras trabajan y convalidan 18 asignaturas de un máster sin siquiera solicitarlo— que abren tres restaurantes de alta cocina en tres años y en ese mismo tiempo pasan de expertos en marketing a joven chef de dimensión internacional.

Como decíamos al principio, en este mundo hay sitio para todos.

Pero si las generaciones futuras siguen aprendiendo cómo cuidar el suelo, plantar la semilla y cuidar de su crecimiento antes de la recolección quizá no quede sitio para los que solo venden humo.

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