La Candela Restó | Into The Wild – El Huerto del Mejillón
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Into The Wild – El Huerto del Mejillón

El jueves pasado comimos ensalada verde con flores de begoña y geranio criadas en absoluta libertad.¿Será posible que algunas plantas crezcan prisioneras?, puede preguntarse uno. —Y, ¿qué son esos cultivos intensivos de kilómetros y kilómetros de plástico trabajados por gente que no es dueña de su tiempo?

 

Las tierras no se dejan descansar, se abonan los suelos con abonos y productos químicos para acelerar su rendimiento, no se permite que se regeneren las capas intermedias de subsuelo y, por tanto, no se generan los nutrientes suficientes.

Raúl, de El Huerto del Mejillón, nos habla de una comunicación subterránea, entre las raíces que se entrelazan bajo las capas superficiales de la tierra. Los árboles están conectados a través de una red de hongos bajo el subsuelo: a través de ella comparten información y recursos vitales.

Hace ya unos cuantos años que Raúl dejó la vida en la ciudad y se propuso cultivar la tierra plegándose a su ritmo y a sus tiempos. Algo así como en aquella peli, Into the Wild, en la que el protagonista decide aislarse y vivir él solo de la naturaleza. Pero con una diferencia fundamental, que quizá sea que la arrogancia de la juventud ya no tiene tanto peso —como parece que tiene en la historia real de Chris McCandless.

«La primera hostia viene cuando quieres imponer normas a lo que se rige por sus propias leyes naturales. Es una lección de humildad», dice Raúl cuando habla de los primeros años de ‘ensayo y error’, cuando arrancaba las “malas” hierbas o arrasaba con un tirón con todos los pulgones de una rama.

—Todos habríamos hecho lo mismo, acabar con todos los pulgones que viéramos en cualquier rama. Error. Resulta que el pulgón y la hormiga tienen una ‘relación especial’ que no es muy conocida. Los pulgones extraen savia de la planta y las hormigas, a su vez, los ‘ordeñan’ y los van transportando, colocándolos en plantas sanas y jugosas. El trabajo de las hormigas, además, es clave para un sustrato sano y para el equilibrio del intrincado sistema biológico.

«Es todo un ecosistema y aunque no lo entiendas, todo lo que tiene hueco tiene un porqué».

Escuchando a Raúl hablar del respeto al propio orden natural recordamos a Jeong Kwan, la monja zen por la que el mundo foodie suspira:

«Es la avaricia humana la que quiere que la planta crezca más deprisa, que sea más grande y más bonita. Por eso algunos recurren a las sustancias químicas. Pero yo dejo que mis plantas crezcan como quieran». Jeong Kwan

Y es el ego lo que destruye al hombre y su relación con la naturaleza. Raúl lo explica muy bien: «La gente no entiende que se trabaje el terreno para las generaciones futuras, en una sociedad que se rige por la satisfacción inmediata puede resultar ingrato labrar la tierra sin la posibilidad de ver el fruto. Pero cuando yo llegué aquí disfruté de los beneficios del trabajo que generaciones enteras hicieron antes de que yo naciera

No es, por tanto, la tierra la que está a nuestro servicio: es una relación simbiótica, de mutuo beneficio, y ese debe ser el enfoque. Uno tiene que aproximarse a esta relación con humildad y ganas de aprender, no desde la imposición de esquemas aprendidos.

¿Cómo es el trabajo en el campo?

Nunca se termina. Uno ha de acomodar sus tiempos a los tiempos naturales: hay que esperar a que el rocío se asiente, pero cada día hay que trabajar la tierra de alguna manera. Sembrar lo que esté en temporada, recolectar, remover, nutrir, limpiar, acomodar. Y, sobre todo, descubrir.

Visitar La Huerta del Mejillón es como recuperar el tiempo perdido entre asfalto. Re-conocer el olor a tierra húmeda y averiguar que las flores de begonia saben a limón o que las pequeñas ‘ajo de oso’ resultan tan bonitas como aromáticas y sabrosas. Y, sobre todo, conectar con ese respeto interior por los procesos y los ritmos internos; esa parte olvidada y enterrada bajo los golpes de Cronos en la ciudad, la misma parte que enlaza íntimamente nuestro pulso con el de la tierra.

Tras comer y cargar en el coche montones de cajas de verduras, frutas y flores, nos despedimos de Raúl, nuestro druida particular, y nos vamos con la sensación de tener muy claro cuántas cosas ignoramos.

Algunas de las cosas ricas que vienen de La Huerta del Mejillón

 

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